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¿Estamos cuidando la salud mental o patologizando la vida?

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Pero estamos aprendiendo a comprender lo que nos pasa o simplemente a etiquetarlo?

Hoy todo parece tener un nombre. ¿Pero estamos aprendiendo a comprender lo que nos pasa o simplemente a etiquetarlo?

Nunca se habló tanto de salud mental.

Y eso, en principio, debería ser una buena noticia.

Durante décadas, el sufrimiento psíquico fue silenciado, estigmatizado o escondido. Hoy podemos hablar de ansiedad, depresión, estrés, angustia, crisis emocionales y agotamiento.

Pero aparece una pregunta incómoda:

¿Estamos realmente más preparados para hablar de salud mental o simplemente estamos aprendiendo a ponerle etiquetas a todo lo que sentimos?

Porque estar triste no necesariamente significa estar deprimido.

Sentir miedo no convierte automáticamente a una persona en alguien con un trastorno de ansiedad.

Estar atravesando un duelo, una separación, una frustración, una crisis económica, un conflicto familiar o una etapa de incertidumbre tampoco puede reducirse automáticamente a una categoría diagnóstica.

Una emoción no es, por sí misma, una enfermedad.

El problema aparece cuando dejamos de preguntar qué le está pasando a esta persona y comenzamos directamente a preguntar qué diagnóstico tiene.

¿Quién decide cuándo una emoción se transforma en patología?

Esta es una de las discusiones más importantes de nuestro tiempo.

Evaluar salud mental no debería consistir en observar una conducta aislada y colocarle una etiqueta. Requiere contexto, historia personal, duración, intensidad, funcionamiento cotidiano, vínculos, factores ambientales, antecedentes y, fundamentalmente, una evaluación profesional rigurosa.

Porque dos personas pueden presentar la misma conducta y estar atravesando situaciones completamente diferentes.

El síntoma visible no siempre explica el fenómeno.

Y aquí aparece un riesgo particularmente serio: convertir la clasificación en explicación.

Decir que alguien está deprimido no explica necesariamente por qué está sufriendo.

Decir que alguien es ansioso no explica qué está generando su ansiedad.

Decir que alguien tiene determinada característica psicológica no explica, por sí solo, su conducta.

Nombrar no es comprender. Diagnosticar no es explicar toda una vida.

El peligro de convertir la vida cotidiana en un catálogo de trastornos

Vivimos atravesados por redes sociales, discursos de autoayuda, aplicaciones, test en internet, influencers y contenidos que prometen identificar en pocos minutos si somos “tóxicos”, “narcisistas”, “depresivos”, “traumados”, “bipolares” o “ansiosos”.

El problema no es solamente la información incorrecta.

Es que estamos generando una cultura en la que la persona comienza a interpretarse a sí misma a través de etiquetas.

Y una etiqueta puede convertirse en identidad.

“Soy depresivo”.

“Soy ansioso”.

“Soy una persona traumada”.

“Soy así porque tengo…”.

Pero una persona es mucho más que una categoría clínica.

¿Y qué estamos haciendo con las emociones?

Quizás estamos perdiendo algo fundamental: la capacidad de tolerar que algunas emociones forman parte de estar vivos.

La tristeza cumple una función.

La frustración también.

El miedo puede advertirnos de un peligro.

La angustia puede señalar que algo necesita ser elaborado.

La incertidumbre forma parte de la existencia.

Esto no significa minimizar el sufrimiento ni negar los trastornos mentales reales. Todo lo contrario.

Significa diferenciarlos correctamente.

Porque si llamamos enfermedad a todo, corremos el riesgo de no reconocer aquello que verdaderamente necesita una intervención urgente.

Y si llamamos “normal” a todo, podemos pasar por alto señales graves.

La prevención exige precisamente esa capacidad de distinguir.

La mirada criminológica agrega otra pregunta

Desde una perspectiva criminológica, la salud mental tampoco puede analizarse aislando al individuo de su contexto.

¿Qué sucede con una persona sometida durante años a violencia, exclusión, abuso, hostigamiento, aislamiento, precariedad, discriminación o entornos familiares altamente conflictivos?

¿Estamos frente a un “problema individual” o también frente a un fenómeno social?

El contexto no diagnostica, pero modifica profundamente aquello que debe evaluarse.

Por eso, una mirada preventiva no debería preguntarse solamente:

“¿Qué tiene esta persona?”

También debería preguntar:

“¿Qué está viviendo esta persona?”

Y después:

“¿Qué está haciendo su entorno frente a eso?”

El riesgo de llevar una etiqueta al ámbito forense

La discusión se vuelve todavía más delicada cuando una categoría psicológica o psiquiátrica ingresa en ámbitos judiciales, laborales, educativos o forenses.

Una etiqueta no puede transformarse automáticamente en explicación de una conducta.

Mucho menos en una conclusión sobre peligrosidad, responsabilidad, credibilidad o capacidad.

En Ciencias Forenses, una hipótesis debe poder ser evaluada, fundamentada y contrastada. No alcanza con una impresión, un diagnóstico descontextualizado o una interpretación basada en estereotipos.

Aquí también aparecen los sesgos.

Si primero decidimos quién es una persona y después buscamos elementos que confirmen esa idea, dejamos de evaluar para comenzar a confirmar.

Y ese es uno de los mayores peligros de cualquier proceso pericial.

Entonces, ¿qué nos está pasando?

Quizás estamos atravesando una paradoja.

Nunca tuvimos tantas palabras para hablar de salud mental y, al mismo tiempo, quizás nunca fue tan necesario aprender a escuchar realmente.

Tenemos más diagnósticos, más información, más test, más aplicaciones, más discursos sobre bienestar.

Pero eso no garantiza mayor comprensión.

Porque la salud mental no puede reducirse a un cuestionario de internet, una publicación en redes, una palabra de moda o una etiqueta que alguien se coloca a sí mismo.

Tampoco puede reducirse a “estar bien” todo el tiempo.

Una persona emocionalmente saludable no es aquella que nunca se angustia, nunca fracasa, nunca siente miedo o nunca está triste.

Es también aquella que puede atravesar esas experiencias, reconocerlas, pedir ayuda cuando la necesita y encontrar recursos para afrontarlas.

La verdadera pregunta

Tal vez el desafío de este tiempo no sea hablar más de salud mental.

Es aprender a hablar mejor.

Distinguir emoción de trastorno.

Sufrimiento de enfermedad.

Conducta de diagnóstico.

Diagnóstico de explicación.

Contexto de prejuicio.

Y prevención de etiquetamiento.

Porque si convertimos cada emoción en una enfermedad, podemos terminar patologizando la vida.

Pero si dejamos de evaluar aquello que realmente requiere atención, podemos llegar demasiado tarde.

Entre minimizar el sufrimiento y patologizarlo existe un espacio enorme: el de la evaluación responsable, científica, contextualizada y humana.

Y quizás esa sea la conversación que todavía nos falta.

No preguntarnos solamente “¿qué diagnóstico tiene?”.

Sino atrevernos a preguntar:

¿Qué le está pasando?
¿Qué está viviendo?
¿Qué necesita?
¿Qué señales estamos ignorando?
Y qué estamos haciendo nosotros antes de que sea demasiado tarde?

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