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“El sesgo cognitivo en las ciencias forenses”

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¿Cuánta ciencia hay realmente detrás de una pericia?

En el sistema judicial existe una idea profundamente arraigada: si lo dice un perito, debe ser verdad. Los títulos, la experiencia y la trayectoria suelen otorgar una presunción de objetividad que pocas veces se cuestiona. Pero la ciencia moderna viene demostrando algo mucho más incómodo: los expertos también se equivocan. No porque sean incompetentes ni porque actúen de mala fe. Se equivocan porque son humanos.

Los sesgos cognitivos afectan a jueces, fiscales, abogados, investigadores y también a los peritos. Una hipótesis previa, la presión del caso, la información contenida en el expediente o incluso las expectativas de terceros pueden influir, de manera inconsciente, en la interpretación de la evidencia. El resultado es inquietante: la prueba deja de buscar la verdad y comienza a confirmar aquello que alguien cree que ocurrió.

          La pregunta entonces cambia radicalmente. Ya no se trata de quién realiza la pericia, sino de cómo llegó a sus conclusiones. Aquí aparece una de las grandes deudas pendientes de muchos sistemas judiciales latinoamericanos: la ausencia de controles rigurosos sobre la cientificidad y la fiabilidad de las pericias.  Con frecuencia se analiza el currículum del experto, pero pocas veces se exige demostrar que el método utilizado fue validado científicamente, que posee márgenes de error conocidos o que puede ser reproducido por otros especialistas.

          Los criterios Daubert, desarrollados en Estados Unidos, nacieron precisamente para enfrentar este problema. Su lógica es simple pero disruptiva: ninguna conclusión debe ser aceptada únicamente por la autoridad de quien la emite. La ciencia debe demostrar que es ciencia.

          ¿La metodología fue sometida a pruebas? ¿Puede ser refutada? ¿Fue revisada por otros expertos? ¿Se conoce su margen de error? ¿Cuenta con aceptación científica? Estas preguntas parecen obvias, pero en numerosos procesos judiciales todavía no forman parte del análisis habitual.

          La verdadera discusión no es técnica; es institucional. ¿Estamos valorando evidencia científica o estamos confiando en la autoridad de quienes la interpretan? ¿Estamos frente a conclusiones verificables o frente a opiniones difíciles de cuestionar por el simple peso del cargo o la experiencia?

          La diferencia es enorme. Porque cuando el sesgo se combina con métodos insuficientemente controlados, la apariencia de certeza puede ser más peligrosa que la incertidumbre. Y cuando una pericia no es sometida a estándares de cientificidad y fiabilidad, lo que se presenta como verdad puede ser simplemente una interpretación revestida de prestigio.

          Quizás la pregunta más importante no sea qué concluyó el perito. Quizás la pregunta correcta sea: ¿ quién controló que esa conclusión fuera realmente confiable?

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¿Tenés un caso que necesita una segunda mirada técnica?

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