Cuando una víctima obtiene visibilidad nacional y otra NO, revela desigualdad en la forma en que la sociedad reconoce, jerarquiza y recuerda a sus victimas.
La comparación entre los casos de Agostina Vega y Dulce María Beatriz Candia expone una problemática central de la criminología crítica: no todas las víctimas reciben la misma atención social, mediática e institucional. Aunque ambos hechos involucran desapariciones, violencia extrema y posibles fallas en los mecanismos de prevención y búsqueda, la repercusión pública fue marcadamente diferente.
El caso de Agostina alcanzó visibilidad nacional debido a una combinación de factores mediáticos, simbólicos y geográficos que potenciaron su impacto. En cambio, el caso de Dulce María, ocurrido en un contexto periférico respecto de los grandes centros de producción informativa, tuvo una difusión mucho más limitada pese a presentar características igualmente graves.
Desde la perspectiva de Esteban Rodríguez Alzueta, esta diferencia responde a la construcción social de la inseguridad y del delito. Los medios no sólo informan los hechos, sino que seleccionan cuáles serán convertidos en problemas públicos y cuáles permanecerán en los márgenes de la agenda social. De esta manera, algunas víctimas se transforman en símbolos colectivos mientras otras quedan prácticamente invisibilizadas.
La cuestión de fondo no es cuál caso es más grave, sino por qué ciertas tragedias logran movilizar a la opinión pública y otras no. Esta selectividad revela desigualdades en la valoración social del dolor y obliga a reflexionar sobre las responsabilidades del sistema mediático, judicial e institucional en la construcción de la memoria colectiva de las víctimas.
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